Derrida y sus fans insisten en utilizar una jerga que, en cuanto a lo social, resulta paralizante, aunque a ellos les parezca que es lo único que podría movilizar (no sé si usarían esa palabra, o les parecería demasiado dialéctica) cualquier cambio. Me estoy refiriendo a esa idea de “lo por venir”. Derrida distingue (véase, por ejemplo, el inicio del documental “Derrida”), de manera muy interesante, entre un futuro concebido como aquello planificado que se ve venir, eso que llega sin sorpresa alguna, y un “porvenir” concebido como el arribo inesperado de lo Otro, la llegada de eso que llega sin previsión, que activa toda una máquina de (in)hospitalidad, de recepción/deportación. Esto sería lo que está “por venir”, de alguna manera incondicionado, no susceptible de ser determinado desde el presente.
El problema de estas formulaciones, si es que las he entendido bien, es que se mantienen en el nivel de la espera pasiva, cuya única actividad se limita a la planificación. En el fondo, el futuro es la espera, y el porvenir es la no-espera. Nos enfrentamos a una relación con el futuro que nos deja entre la pasividad y la indiferencia, entre la espera pasiva y la carencia de toda espera. En el mejor de los casos, accedemos a la espera de lo indeterminado, a una espera completamente insensata, en la medida en que sólo espera una sorpresa radical, una interrupción de la no-espera. Sólo cabe una retórica, y asimismo, una política, y asimismo, una lógica, de la trascendencia, de lo propio y lo ajeno, de lo que está presente y eso plenamente ajeno que llegaría. Cualquier entendido podría leer rápidamente un cierto kantismo en estas distinciones abstractas.
¿Qué ocurre con la dimensión activa, espontánea, que ocurre con la voluntad cuando se trata del futuro o el porvenir? ¿Es impensable un futuro “por-traer”, o sea, un movimiento del enfoque, desde lo que viene hacia lo que es traido, y por lo tanto, hacia el/lo que lleva a cabo esa tracción (y sucumbiendo a la retórica derrideana, “esa traición”)? Traer el futuro quiere decir poner el futuro como uno de los movimientos del presente, como una de las posibilidades del presente, de transformarse él mismo. En el fondo, se trata de pensar el presente como susceptible de modificaciones, desde sí mismo, sin que tenga que venir a ser interrumpido o modificado por lo ajeno. Una retórica, y asimismo, una lógica, y asimismo, una política de la inmanencia, de lo propio y lo ajeno como determinaciones en el seno del presente.
En términos de “lo por-venir” aparece como impensable la idea de una transformación racional y voluntaria del presente que sea coherente con las necesidades del presente, es decir, una transformación situada en su momento, pero al mismo tiempo, capaz de superarlo (otra palabra que quizás no sería la elección de Derrida). En términos de “lo por-venir”, queda desplazada la cuestión de la voluntad, de su determinación por unas condiciones históricas concretas, y de la urgencia que implica hacer frente a estas condiciones de una manera responsable.
Para no parecer prejuicioso y absolutamente injusto con el trabajo de Derrida, puede encontrarse en sus reflexiones sobre la herencia/fidelidad y la traición una cierta lógica de esta situación histórica que al mismo tiempo implica la posibilidad de una superación (véase, por ejemplo, sus conversaciones con la insoportable Elisabeth Roudinesco, tituladas “Y mañana qué…”). En todo caso, sería interesante ser más exhaustivo con la noción de lo “por-venir” y sus implicancias ético-políticas, tomando en cuenta estas observaciones. Mi sospecha es que en la sugerencia de un Otro futuro (otro con respecto al futuro planificado que, según el crítico rigor derrideano, es como si no llegara, porque está aquí como presupuesto) configurado según el acontecimiento de lo que está por venir, hay una clausura (y aquí una clausura es un síntoma indeseable) del mismo futuro, dejado al otro lado del presente como inalcanzable desde él, como lo en sí indeterminado originariamente inaccesible, aunque sea susceptible de ser alcanzado una vez que llegue, activando de ese modo todos los dispositivos de la recepción imposible, de la hospitalidad imposible, o de la hospitalidad siempre por-venir.
Mi sospecha es que en la insistencia de Derrida (y sus fans) por insistir en lo por-venir, se insiste en el fondo en la aporía. Y eso ya lo sabemos, ya sabemos del gusto de Derrida por la aporía. Lo que nos falta saber con más claridad es que la aporía puede ser, y quizás siempre es, una derrota a priori, un tirar la toalla originario, un reconocimiento forzado de que los límites del presente están en el presente como límites infranqueables: aceptar como absolutos los límites históricos que la humanidad se ha puesto, no querer aceptar un futuro por-traer porque se asume, en el fondo, que la humanidad está corrupta desde siempre. Como si el futuro sólo pudiera ser un futuro, y nunca un verdadero porvenir. Nuestro porvenir.